El 5 de noviembre de 2018 nuestro pequeño enviado espacial soltaba la mano a Febo y marchaba hacia la salida de nuestra capa de cebolla en busca del más allá.
La Voyager 2 una de estas dos sondas lanzadas a los lugares donde jamas llegaremos en nuestra carcasa biológica, por lo que enviamos mensajeros de pasado y futuro remoto en busca de nuestro presente.
Al igual que la querida sonda Juno, de la que sigo hablando con un interés en aumento, las Voyager dan más de si que lo inmediato. Salio a su paseo allá por el año 77 tras su hermana la Voyager 1 donde en aquellos latigazos tan terribles que preceden al gigante gaseoso ambas optarían por enfrentarse a los Dioses antiguos de distinta forma.
El primer decanato de julio del 79 se atrevió con Júpiter, dos años más tarde llegaba a Saturno con osadía, allí al contrario que su hermana haría un quiebro que mantendría en jaque a todos hasta que por fin salio hacia Urano, Neptuno ...
Y se fue...
Nuestra pequeña sonda al igual que su hermana ha cruzado esa capa, o no, siendo los objetos diseñados por el hombre arrancados de la mano de Febo y llegados a la Heliopausa, escapan.
¿O se transforman ?
Dos objetos a su vez han entrado en nuestra capa de cebolla desde el más allá visitando por vez primera a nuestros ojos nuestra Heliosfera desde el espacio interestelar. Son distintos o muestran procesos distintos como han realizado nuestras Voyager al separarse en trayectoria, historia, desgajándose del Sol, de nuestro espacio estelar hacia un fascinante y desconocido más allá de difícil acceso.
Cositas que me fascinan y apasionan de esos espacios donde me gusta perderme cuando me alejo montada en escobas en busca de mis nadas.
Dice la ecuación de Dirac ...